Por: Lita Velasco Asenjo
La noticia de la muerte de Santa Rosa, ocurrida en las primeras horas del 24 de agosto de 1617, circuló como un reguero de pólvora en Lima. Negros, indios, mulatos, n
obles, autoridades eclesiásticas, políticas (incluido el virrey y su corte), representantes de instituciones, estudiantes así como pobladores de toda condición se confundieron en el dolor y acudieron presurosos a la casa de la familia de la Maza, donde la joven se había refugiado para pasar sus últimos díasCronistas de la época señalan que nunca antes se había observado a tanta gente atisbando por las ventanas, en las calles, tratando de acercarse a la santa que, a los treinta y un años de edad, había partido tal como lo vaticinara, un día en que se celebraba la fiesta de San Bartolomé. Tanto en el velorio, traslado de sus restos al convento de Santo Domingo, como en el entierro, los devotos se abalanzaron sobre su cuerpo para tomar un trozo de sus vestimentas o un recuerdo que les aseguraba que continuarían bajo su protección. Hubo incluso algunos buscadores de reliquias que se apostaron en la casa donde vivió, hoy convertida en santuario.